Alba Santamaria
Psicología transpersonal
Conoce mi historia
Bienvenido :)
Me llamo Alba Santamaria y tengo 37 años. Soy madre, psicóloga, escribo y grabo un podcast.
Llevo más de 10 años acompañando a personas, tanto individualmente como en grupos y talleres.
Hasta hace pocos años, mi especialidad han sido los niños y sus familias. Sin embargo, mi propio proceso de crecimiento personal y mi reciente maternidad me han llevado a dirigir la mirada hacia el adulto.
Sigue leyendo y te cuento por qué.
De la psicología infantil a mi propio camino de transformación
En 2015 terminé la carrera de Psicología y empecé el máster de habilitación sanitaria. Por aquel entonces trabajaba como psicóloga de Recursos Humanos en una empresa multinacional. Tenía un buen sueldo, un horario estupendo, contrato indefinido, clases de inglés en el trabajo, fisioterapia... En fin, no me faltaban motivos para quedarme.
Pero algo dentro de mí tenía otros planes.
En 2017 terminé el máster y, ese mismo año, hice un viaje yo sola, de forma totalmente improvisada, que me cambiaría para siempre.
No había sido un buen año para mí a muchos niveles. Quería irme de vacaciones y no tenía con quién, así que decidí marcharme sola a Formentera. Acabé en la casa hippy de una mujer que organizaba retiros de silencio y meditación (sin ser yo nada de eso). Si soy honesta, solo fui allí porque era barato.
Aunque entonces no lo sabía, aquellos diez días sola en una isla, con una moto y una mochila, marcarían un antes y un después en mi vida.
Aprendí muchísimo de aquella experiencia y volví distinta. Un mes más tarde dejé aquel trabajo tan cómodo y empecé a dedicarme a la psicología clínica, especializándome en la infancia y la adolescencia.
A partir de ahí empezó una etapa de muchísima formación. Quería aprender todo lo que pudiera sobre terapias, herramientas y recursos para acompañar a niños y adolescentes, así como a sus familias. Y así lo hice. Durante todos estos años he seguido formándome intensamente mientras trabajaba con niños y familias, porque siempre he entendido que acompañar a otras personas, y especialmente a los más pequeños, implica una responsabilidad enorme. Todo lo que he hecho, y hago, parte de un profundo respeto por mi profesión, por las personas que confían en mí y por el compromiso de ofrecerles un acompañamiento riguroso y responsable.
Trabajar con niños y familias me ha apasionado durante todos estos años. Lo he hecho y lo he vivido con muchísimo amor.
Pero, en paralelo, también había empezado otro camino. Uno mucho más personal.
Mi despertar espiritual (y todas las cosas que llegaron después)
En aquel viaje de 2017 empezó lo que años más tarde reconocería como mi despertar espiritual.
Lo que vino después fue un camino largo, profundo y, a ratos, tedioso. Maravilloso también. Con el tiempo entendí que no era un
camino que tuviera una meta, sino un recorrido que probablemente no termina nunca. Que es de toda una vida. O de muchas vidas.
Empecé a interesarme por las leyes que rigen el universo, física cuántica, astrología, Cábala, medicina tradicional china, nutrición, biodescodificación, nueva medicina germánica, el subconsciente, la meditación, el yoga... ¿Me sigues, no?
Y mientras seguía creciendo profesionalmente como psicóloga, también iba explorando distintas terapias y corrientes alternativas en mi propio proceso personal y terapéutico.
En 2020 ese cambio empezó a hacerse mucho más visible. Comencé a deshacerme de mi vieja identidad, quitando capas y capas, y capas...
Me hice vegetariana, dejé el alcohol y los excesos, las salidas nocturnas, y empecé a sumergirme en lecturas infinitas, retiros, talleres, círculos de mujeres, el té matcha, las rutinas, el orden, la calma y las puestas de sol.
Poco a poco fui construyendo una nueva versión de mí misma. O eso creía.
Y entonces me convertí en madre
Y empezaron las contradicciones.
De repente quería comer carne. Cambiaron mis relaciones, mis rutinas y mis prioridades. Se acabó el orden y la calma, y mi nueva vida me exigía salir de la cueva en la que había estado hibernando durante tanto tiempo.
El choque fue grande. Porque aquella «nueva identidad» me había costado diez años de deconstrucción. Diez años de buscar, explorar, cuestionar, aprender y desprenderme de cosas. Y, de repente, ya no sabía muy bien quién era.
Me sentía muy distinta. Y otra vez tenía que desidentificarme de muchas cosas, renovarme y mudar la piel. Como las serpientes.
Me pregunto cuántas vidas caben dentro de una vida.
Mi hijo ya tiene un año y medio. Ahora como carne, no bebo té matcha y no tengo tanto tiempo para leer ni para hacer yoga. Mis prioridades han cambiado y, con ellas, también mi forma de entender mi profesión.
Porque la maternidad no solo me ha transformado como persona. También ha cambiado profundamente mi manera de mirar a los niños, a las familias y a la psicología.
Una nueva forma de acompañar
La relación con mi hijo y mi propio camino de descubrimiento me han llevado a dirigir cada vez más la mirada hacia el adulto en mis intervenciones.
Creo que, si quiero ayudar a los más pequeños, debo ayudar primero a los adultos que tienen cerca. No encuentro otra forma de hacerlo.
Los niños son esponjas, monos de repetición. Lo que tú hagas con tus emociones cuando te desbordas es, en gran medida, lo que aprenderá a hacer tu hijo cuando se desborde. Cómo expreses tu alegría también será un modelo para él. Lo que te permitas se lo permitirá él. Los límites que le enseñes a poner le ayudarán a entender que también debe respetar los de los demás. Y así suma y sigue.
Cuando le conté esta idea a una amiga, también psicóloga, me dijo algo que me hizo aterrizar:
«Ya, Alba, pero hay niños que, si no nos tienen a nosotras, no tendrán a nadie. Hay pequeños que necesitan modelos de adultos funcionales en su vida».
Y tiene razón.
Después de haber trabajado durante muchos años en esa línea, acompañando a familias en situaciones vulnerables y a niños con diversidad funcional y en situación de riesgo, hoy elijo dirigir mi trabajo principalmente hacia sus familias y los adultos que los rodean.
Sé que mi forma de intervenir no será para todo el mundo. Y lo asumo.
Esto no significa que haya dejado de interesarme por los niños, ni mucho menos. Significa que mi manera de acompañarlos ha evolucionado. Ahora, en muchos casos, acompaño a los más pequeños a través de sus familias. De hecho, en bastantes ocasiones ni siquiera necesito verlos directamente.
Siento que, cuando los adultos de una familia emprenden su propio camino de autoconocimiento y empiezan a adquirir herramientas para comprenderse y acompañarse a sí mismos, la evolución de los más pequeños puede ser enorme.
Y también acompaño a adultos que, con familia o sin ella, simplemente quieren conocerse mejor. Quitar capas de la cebolla, cuestionar lo que hasta ahora creían ser y deconstruirse para reconstruirse tantas veces como haga falta.
Para vivir cada día con un poquito más de paz. Igual que lo intento yo, como ser humano que soy.
Y lo que viene ahora...
Mi propio proceso terapéutico ha estado muy vinculado a la psicología transpersonal. También he realizado muchísimas formaciones, talleres y pequeños retiros que me han permitido explorar y profundizar en esta mirada.
Ahora siento que ha llegado el momento de dar un paso más y comenzar un máster de dos años para especializarme en psicología transpersonal.
No lo vivo como un punto de llegada, sino como una continuación natural de todo el camino recorrido hasta ahora. Una forma de seguir aprendiendo, integrando y ampliando mi mirada.
Porque, al final, mi manera de acompañar también está en constante transformación. Y creo que eso forma parte de la responsabilidad de ejercer esta profesión: seguir cuestionándome, formándome y revisando desde dónde acompaño a los demás.
Si lo que necesitas es conocer mi trayectoria académica y profesional con detalle, puedes encontrar mi currículum completo en mi LinkedIn.
Porque sí, los psicólogos somos personas antes que psicólogos.
Y, de la misma manera que los médicos enferman, los psicólogos también vivimos crisis existenciales.
Gracias por quedarte hasta aquí :)
